¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

viernes, 21 de agosto de 2015

Terror En La Soledad

Hacía tanto que Pedro caminaba por el campo que ya no estaba seguro de hacia dónde iba. Creía andar en línea recta pero no descartaba que hubiera caminado haciendo un gran círculo. Como desde el amanecer lo acompañaba una llovizna y el cielo estaba completamente nublado, con la escasa visibilidad y la falta del sol como referencia era difícil orientarse. Avanzaba aplastando pastos tan empapados como él, y lo que llevaba en el bolso era todo tenía en la vida.

Hacia donde alzara la vista veía el mismo gris de la punzante llovizna y el amarillo de los campos aplastados por el agua. Aquel paisaje transmitía una sensación de soledad intensa. Cada tanto divisaba alguna laguna, un arroyo, vacas pastando a pesar del mal tiempo, y en algunos parajes la protección de una arboleda lo invitaba a detenerse. Pero él seguía porque en el bolso ya no le quedaba comida, aunque para su sorpresa ese día no tenía apetito. Pensó que ya se debía estar acostumbrando a comer poco. En cuanto viera un establecimiento rural iba a pedir trabajo allí, aunque se conformaba con que lo dejaran pasar la noche en un galpón, porque el frío ya se le había metido hasta los huesos.

Divisó al fin entre la llovizna lo que parecía ser un establecimiento rural: una casa grande, otras mas pequeñas alrededor de esta, probablemente las de los peones, también divisaba varios árboles en los patios, y mas alejados unos galpones, y cerda de estos había corrales. Se acercó con prudencia, haciendo pausas para observar y que lo notaran. Lo mejor para él era que lo vieran a prudente distancia de las casas y que alguien se acercara a preguntarle qué quería. También era prudente por los perros, porque de encontrarlo muy cerca podían atacarlo. Pero aunque rodeó aquel lugar un buen trecho ni un ladrido salió de aquellos patios, y no se divisaba ni una persona por allí. Golpeó las manos desde lejos para ver si alguien se asomaba. Nada, solo el viento y la llovizna generaban algún ruido en aquel paisaje.

Siguió insistiendo con las palmas y esperó un rato. Era raro que no hubiera ni un casero, nadie. Pedro pensó que tal vez era un lugar abandonado. Al acercarse un poco mas confirmó que no era el caso pues las viviendas estaban bien cuidadas. Pedro levantó un poco su sombrero rascándose la frente. ¿Qué hacer? El día ya se iba oscureciendo y la llovizna helada arreciaba. Ya había pasado muchas noches en la intemperie y de alguna forma había sobrevivido, mas el sentido común le decía que no se arriesgara de nuevo. Por otro lado, meterse en una hacienda sin permiso es un problema seguro. Decidió que lo mas sensato era esperar porque era probable que alguien apareciera al anochecer.

El campo se fue oscureciendo y la llovizna se transformó en un chaparrón helado que empujaba con fuerza porque venía acompañado por un viento fuerte. Ya no pudo soportar mas. Si lo sorprendían allí, mala suerte. No pensaba morir de frío teniendo un refugio tan cerca. Alcanzó una de las casas que rodeaban a la grande. A esa hora el cielo nocturno se mostraba amarillento porque detrás de los nubarrones había salido la luna. La idea de Pedro era ir hacia uno de los galpones, mas al pasar frente a la casa vio que la puerta estaba abierta. Sentía tanto frío que lo único que tenía en la mente era calentarse como fuera. Entró a la casa. 

Adentro estaba completamente oscuro. Avanzó lentamente tendiendo los brazos para localizar obstáculos. Así encontró una mesa, y en ella un encendedor. Él tenía uno pero estaba tan empapado como todas sus cosas. En la mesa también halló un tipo de paño y con él se secó las manos para no mojar el encendedor. La llama movediza de encendedor recorrió una sala pequeña pero confortable donde hasta había una chimenea. Supuso que debía ser la casa del capataz. Pedro ya estaba algo torpe por el frío, por eso le costó encender el fuego. Cuando al fin las llamas crecieron entre los leños Pedro emitió un suspiro de alivio y satisfacción. Solo después de un buen rato pensó en lo complicado de la situación en la que se encontraba. Aquello era allanamiento de morada. Supuso que si no tocaba mas nada, que si solo se calentaba en el fuego, eso sería un atenuante. Estaba en una etapa tan baja de su vida que incluso unos días en una celda de comisaría rural no se veían tan mal, por lo menos tendría comida y un techo.

Sentado frente al fuego pensó en lo raro que era que no hubiera nadie allí. No se imaginaba qué podía haber sucedido para que se marcharon todos, y que se llevaran hasta a los perros, porque no hay casas rurales sin perros. Afuera la lluvia paró y el cielo se fue abriendo para dar paso a una luna llena. El fuego ya lo había calentado pero como empezó a sentir que se le entumecían de nuevo las manos las acercó a las llamas y comenzó a abrirlas y cerrarlas para que circulara la sangre. Estaba en eso cuando una voz casi lo hizo saltar dentro de la chimenea.

—¿¡Fernando, eres tú!?

Pedro se inclinó peligrosamente hacia las llamas por el sobresalto y sintió el calor en la cara. Se enderezó y giró alarmado hacia el origen de la voz. Quedó mirando de frente a una cara arrugada y peluda que lo miraba por la ventana.

—¿Quién es usted? —preguntó ahora el que se encontraba afuera.

Sin esperar una contestación, pasó de la ventana a la puerta y entró precipitadamente con un enorme cuchillo en la mano. Pedro retrocedió. El que irrumpió en la casa era un viejo barbudo de cabellos grises desordenados y mirada de loco. Miró rápidamente varios puntos de la habitación y después volvió a fijar sus casi desorbitados ojos en Pedro y le preguntó de nuevo:

—¿Quién es usted?
—Me llamo Pedro Ruiz. Me arrimé hasta aquí para pedir trabajo, pero como no había nadie y hacía mucho frío por la lluvia yo...
—¿Viste a alguien mas? —lo interrumpió el viejo.
—No señor. Solo vi esta puerta abierta y entré a calentarme. Fíjese en todo, no toqué nada, yo solo encendí...
—¿Y al hombre lobo, lo viste? —lo interrumpió de nuevo.
—¿Al hombre lobo? —preguntó Pedro, ya desconfiando de aquel viejo.
—Sí, nos atacó anoche. Los ruidos empezaron en la casa grande —comenzó a relatar el viejo—. Por la gravedad de los gritos, yo ya salí con este cuchillo en la mano, y en el patio vi que otros peones que corrían hacia la casa también llevaban los suyos. Lamentablemente el hombre lobo ya había hecho su maldad y lo topamos en la sala cuando iba saliendo de los cuartos. ¡Aquel monstruo horrible había destrozado a los patrones! Lo supimos por lo ensangrentado de su cara y porque ya no había gritos en la casa. A mí me dio tanto miedo que retrocedí, aunque los otros lo atacaron. Uno de mis compañeros le tiró una puñalada pero el hombre lobo se esquivó y atacó con un manotazo que le abrió en varias partes el pecho. Entonces salí de allí corriendo como un cobarde. Me dominó el terror. Corrí un trecho hasta que caí de boca sobre los pastos. Me desperté no sé cuánto tiempo después y huí hacia una arboleda. Pasé todo el día ahí medio enloquecido por lo horrible de la situación y el sentimiento de culpa por haber corrido dejando a los otros allí. Pero al fin agarre coraje y volví para liquidarlo o morir en el intento. ¿Y vos de dónde llegaste? —le preguntó el viejo, apuntándolo con el cuchillo.
—De lejos. Caminé casi todo el día y recién al final de la tarde llegué hasta aquí —le respondió Pedro. Él no estaba muy seguro de eso pero no quería que aquel viejo loco sospechara de él.

Las figuras de ambos eran iluminadas por la claridad de la luna que entraba por la ventana y las llamas de la chimenea. Los cabellos grises del viejo le caían sobre la frente, y los ojos casi le fulguraban de rabia. Pedro ya comenzaba a creer que aquel tipo había matado a todos, que había inventado lo del hombre lobo en su delirio. Esa explicación era mucho mas lógica que la de un hombre lobo. Como el viejo hablaba extendiendo el brazo con el cuchillo, Pedro empezó a retroceder lentamente hacia el otro extremo de la habitación. A su izquierda había una puerta. El viejo, como adivinando sus intenciones, fue ladeando la cara para mirarlo de costado, desconfiado.

—Espera ahí... ¡Tú eres el hombre lobo! —gritó el viejo, y se abalanzó hacia Pedro lanzando un grito que se parecía a un rugido.

Pedro se precipitó hacia la puerta y apenas le dio el tiempo para pasar y cerrarla. La estaba trancando cuando la punta del cuchillo atravesó la madera. “Maldito viejo loco, cree que soy un hombre lobo”, pensó Pedro. Donde se hallaba ahora estaba sumido en una oscuridad completa. Se había alejado un par de pasos de la puerta cuando tropezó con algo blando que lo hizo caer al suelo. Todavía estaba en el suelo cuando tanteó el obstáculo, y su mano palpó en la oscuridad un rostro humano frío y viscoso. Asqueado y asustado apartó la mano rápidamente y se alejó arrastrándose hasta ponerse de pie.

Se había metido en el bolsillo el encendedor que encontró en la casa. Estaba seguro de que había tocado a un muerto pero tuvo que confirmarlo con la llama. El cuerpo estaba cubierto de sangre y tenía tajos en varias partes. Para él eso confirmaba que el viejo había enloquecido y matado a todos, y ahora lo iba a matar a él si no escapaba de allí. El enloquecido sujeto golpeaba con fuerza la puerta y esta sonaba como si fuera a ceder en cualquier momento. Pedro alcanzó la salida del fondo pero la puerta resultó estar cerrada. Intentó forzarla pero no pudo, las manos apenas le respondían. Había pasado por otra puerta que sin dudas daba a un cuarto. Pensó que podía salir por la ventana de este. Apenas había entrado al cuarto cuando la puerta del pasillo cedió y los gritos enfurecidos del viejo se acercaron a toda prisa.

Una ventana bastante grande dejaba que la claridad de la noche mostrara las cosas que había en el cuarto. Tomó una silla para trancar la puerta. El viejo empezó a patear la puerta y a tirar puntazos que atravesaban la delgada madera. Pedro se desesperó al intentar abrir la ventana. Seguía intentándolo cuando levantó la vista y miró hacia afuera. Se la veía muy grande, bien redonda, amarillenta. La luna llena estaba rodeada de enormes nubes pero ninguna se animaba a taparla porque esta brillaba con mucha intensidad. Era la dueña de la noche. Mostraba a su antojo todo aquel paisaje descolorido y desolado. Pedro contempló su contorno afilado, las manchas mas oscuras del centro, y aquella luz de oro apagado le entró a torrentes por las pupilas. Las manos que ya se estaban volviendo garras terminaron de transformarse, y cuando Pedro se dio cuenta de todo, cuando recordó como quien revive una pesadilla que la noche anterior mató a los de la hacienda y se alimentó de ellos, quiso gritar con fuerza pero solo emitió un triste y largo aullido.

Aquel aullido acobardó de nuevo al viejo, que había sido el único sobreviviente, y este intentó escapar nuevamente. Antes de que alcanzara la puerta de la sala, la del cuarto se hizo pedazos y el hombre lobo saltó al corredor. Dio un paso y otro salto y cayó sobre la espalda del viejo y le mordió la cabeza con ferocidad.
A la mañana siguiente Pedro caminaba nuevamente sin tener un rumbo. No recordaba cómo había sobrevivido esa noche pero eso ya se le estaba haciendo costumbre. Solo le importaba que no había muerto de frío, y en su miseria se alegró de que, a pesar de que ya no le quedaba comida, por una extraña razón no sentía hambre ni le faltaban las fuerzas.




domingo, 16 de agosto de 2015

El Exorcista

¡Hola! Aquí les dejo otro de los cuentos que forman mi ebook "El Diablo Entre Nosotros" https://kdp.amazon.com/amazon-dp-action/es/bookshelf.marketplacelink/B00Y1THL8K Tiene otros tres cuentos pero como son cortos los voy a subir todos juntos mas adelante; por ahora dejaremos al Diablo en paz ¡Jaja!, y voy a publicar sobre otros temas. Gracias.


Leonardo se estremeció en su sillón. ¿Habían golpeado la ventana? Él había movido su asiento hasta enfrentarlo con la chimenea, y con las piernas estiradas hacia el reconfortante calor de las llamas estaba abocado a la lectura de una novela. Tras escuchar el ruido que sonó detrás de él, pues le estaba dando la espalda a la ventana de la sala, apartó la vista del libro y enderezó la cabeza. Aunque el ruido lo alarmó, sonrió después al pensar que solo era la tormenta que había azotado alguna rama del jardín contra el vidrio. Fuera se retorcía una tormenta atroz, con cortinas de agua cayendo de lado por el viento que rugía, bufaba o susurraba por todas partes.

Leonardo le había pedido expresamente a Martín, el veterano que desmalezaba el jardín a veces, que cortara las ramas del jazminero que se habían extendido hacia la ventana. Pensando en ese asunto, desatendió el libro nuevamente. “Martín sí lo hizo”, recordó. “Entonces, si no fueron las ramas...”. Cuando pensaba en eso escuchó de nuevo unos golpecitos. Se alarmó bastante. Por los intervalos del golpeteó parecía el llamado de una persona, mas el sonido se escuchaba como si golpearan con algo mas duro que la mano, con... las uñas, tal vez. Cuando el sonido volvió a insistir, Leonardo se levantó bruscamente. Golpearon de nuevo. Ya no tuvo dudas, algo quería llamarle la atención. Se volvió lentamente. Casi se le escapó un grito pero pudo ahogarlo a tiempo; reconoció la cara que lo miraba sonriente detrás del vidrio. Era su tío Alberto, el Cura.

—¿Tío, qué hace ahí? —le preguntó con la voz aflautada por el susto que había pasado.
—¡Golpeé en la puerta pero no atendías! —explicó el viejo, gritando para hacerse oír desde afuera y sobre el estruendo de la tormenta.
—¡Pero que barbaridad! ¡Venga por el frente! —corrió hacia la puerta.

Cuando la terminó de abrir el viejo ya estaba frente a ella. Llevaba puesta una capa impermeable negra por donde resbalaban innumerables hilos de agua, tenía la cabeza descubierta, y al estar empapada resaltaba mas la ya avanzada calvicie que mostraba. En una mano cargaba un bolso negro de cuero. Leonardo lo hizo pasar y lo ayudó a quitarse la capa.

—Pero tío, como se le ocurre salir con esta tormenta. En una noche como esta, un Cura como usted, con su edad, no puede andar paseando por ahí¿Y si se agarra una pulmonía?
—¡Jajaja! Este tiempo no va a terminar con este viejo, no señor, me las he visto con noches peores —bromeó Alberto.

Leonardo salió apresuradamente rumbo a la cocina con la capa chorreando por todo el piso. Cuando regresó vio que el viejo ya se había acomodado en el sillón que estaba frente al fuego.

—Tío, ¿quiere cambiarse de ropa o algo? No puede quedarse mojado, no es bueno.
—Estoy bien así. Si tengo alguna salpicadura en la ropa se me seca ahora frente al fuego.
—¿Le sirvo algo caliente, té, café?
—Un café bien cargado, sin azúcar. Gracias.

Apenas volteó para dirigirse hacia la cocina, Leonardo puso cara de extrañado. Le había ofrecido café por costumbre, pero no creía que este aceptara uno: solo lo había visto tomar té y siempre con azúcar. Quedó pensativo después. Volvió a la sala con el café para el viejo y un té para él. Arrimo otro sillón al fuego. El viejo enseguida se llevó la taza a la boca, bebió varios tragos y la apartó con un gesto de satisfacción, aunque inmediatamente tosió.

—Ya se me hacía raro que el café así le sentara bien, tío. No está acostumbrado, ¿por qué lo pidió?
—Pues... —tosió de nuevo—, uno tiene que acostumbrarse a cosas nuevas, y con este tiempo me pareció que me vendría bien un café bien fuerte. Tal vez con otro trago me pase esto.
—Las cosas que se le ocurren. Y dígame, ¿a qué debo el honor de su visita? —comentó un poco en broma Leonardo.
—¿Acaso tu viejo tío tiene que tener una razón específica para visitar a su sobrino preferido? —y volvió a toser.
—¡Jaja! Tómese otro trago, tío. Eso es. Después de todo es un buen bebedor de café. Le pregunté eso porque, usted es Cura ,y bueno, no pasea mucho que se diga, ¿no? ¿Anda en alguna misión para la Iglesia?
—No, solo me estoy tomando un merecido descanso y pensé en visitar a mi sobrino.
—¿Un descanso? Pero si usted solo trabaja los domingos ¡Jajaja!
—No te recordaba tan insolente —dijo el viejo, mirándolo muy serio; Leonardo se había echado hacia atrás al reír, por eso no notó esa mirada.
—Solo era una broma. Usted siempre tuvo buen humor, ¿qué le pasa ahora?
—Nada, disculpa ¡Jeje!. Es por el motivo de mi descanso. Pasé por algo muy malo, donde salí vivo por poco. Por eso necesito un descanso.
—¿Cómo es eso? ¿Por qué cosa pasó? —le preguntó Leonardo, inclinándose hacia adelante en su asiento.

Fuera de la casa la tormenta enloquecía cada vez mas y el viento provocaba mas ruidos, y tironeaba de los árboles como queriendo arrancarlos todos.
—Pues yo... —lo atacó de nuevo la tos—. ¡Caramba! Que no se me calma. Yo realicé un exorcismo. Por suerte al final todo salió bien.
—¿Un exorcismo? ¡Vaya! Y cómo fue eso. —Leonardo bajó las cejas, interesado.
—No puedo contar los detalles, son muy aterradores y no quiero que mi viejo corazón vuelva a sufrir por las imágenes tan perturbadoras que se me presentaron durante el exorcismo.
—¡Vaya, que increíble! Había escuchado que usted los hacía, pero nunca me atreví a preguntarle. Tío, esa tos no puede ser algo bueno. ¿Se siente bien?

El viejo se había arqueado tosiendo, y cuando se enderezó tenía la cara muy pálida.

—Estoy bien, estoy bien —aseguró el viejo— , pero creo que voy a tener que marcharme. Sabes, te visitaba también por una cosa. ¿Recuerdas aquella cajita de plata que dejé aquí?
—Claro que sí. ¿Se la va a llevar?
—Sí, se la quiero mostrar a un conocido que le gustan esas cosas antiguas.
—Ya se la traigo —afirmó Leonardo, levantándose.
—Sabes que, ponla en este bolso, y ciérralo bien, es por el agua. Es un objeto muy antiguo.
—Claro. Ya vuelvo.

La tormenta disparó varios rayos en ese momento y la casa tembló. Regresó con el bolso mas pesado, y con la capa impermeable en la otra mano. El viejo lo tomó al levantarse y tosió mas feo todavía al ponerse la capa, por lo que tuvo que decir a media voz:

—Gracias... ya me marcho. Fuiste... fuiste de mucha ayuda —y enderezó hacia la puerta algo encorvado y con paso irregular.
—Siempre es un placer ayudar a mi tío, el Padre. Él siempre me corregía cuando le decía Cura, por eso me di cuenta. Supongo que la precaución del bolso es porque usted no puede tocar el objeto, ¿no es así? —confesó Leonardo al abrirle la puerta.

El viejo se volvió rápidamente al escuchar eso, pero recibió una patada que lo hizo caer afuera. Cuando se levantó tenía la cara irreconocible, y sus ojos destilaban una gran maldad.

—¡Vete de aquí, engendro! —le gritó Leonardo—. ¡Y no creas que vas a poder hacer algo contra mí! ¡Te dí una taza de agua bendita y te la tomaste toda! ¡Ah, y tampoco creas que te llevas lo que viniste a buscar, a no ser que fuera una tostadora vieja! ¡Ahora lárgate de aquí, demonio, y no vuelvas a pisar mas este terreno!

El demonio se agazapó como para atacar, pero en ese momento lo invadió una especie de convulsión, entonces huyó trastabillando hacia la oscuridad. Leonardo cerró la puerta, se persignó y dijo una oración en latín. Su tío el exorcista lo había preparado bien. Él había aceptado todas aquellas enseñanzas pero sin estar muy convencido, mas bien fue para complacer a su tío, que era una excelente persona, y que por su carácter era difícil decirle que no.

Ahora sabía que realmente había demonios rondando en la Tierra, y que algunos buscaban la reliquia que él tenía en la casa.
Leonardo había mantenido la calma de una forma que ni él se hubiera creído capaz; pero tras despedir al demonio sintió ganas de sentarse y se llevó las manos a la cara. Había estado al lado de algún tipo de demonio. Respiró hondo y después se le escapó una exhalación algo entrecortada. “Ahora no es momento para ponerse nervioso”, pensó enseguida “Tengo que llamar al tío”.

El viejo se había acostado hacía rato pero aún no podía dormir. Cuando escuchó el teléfono estuvo seguro de que se trataba de algo malo. El teléfono estaba en la sacristía, y esta se encontraba pegada a su cuarto. La habitación se hallaba completamente oscura, aunque algunos relámpagos que se colaban por la ventana mostraban fugazmente una visión distorsionada de las cosas que había en ella . Alberto tanteó la pared buscando el interruptor. El teléfono seguía sonando.

—¿Hola?
—¿Tío Alberto?
—¿Leonardo? ¿Qué pasó, muchacho?
—Sí, soy yo. Tuve una visita indeseable que buscaba la caja que usted me dio. Y seguro ni se imagina a quién se asemejaba. A usted.

El viejo dio un paso hacia atrás al escuchar aquello.

—¿Te refieres a un...?
— Así es. Pero no se preocupe, estoy bien. Me las ingenié no sé cómo en el momento. Si lo pienso ahora... Como le digo, no sé cómo me desenvolví tan bien. Estoy seguro que ese ya no va a molestar mas.
—¡Gracias a Dios! Seguramente el Señor te dio fuerzas. ¿Pero cómo lo hiciste? Bueno, eso ahora no importa y... sobrino, ¿ese estaba solo?
—Creo que sí. ¿Por qué me lo pregunta, andan de a dos? Leonardo miró hacia todos lados.
—Me temo que muchas veces, sí. Voy a salir inmediatamente para allá. Ahora escúchame bien. ¿Recuerdas aquellas hojas que te dí, las que tienen oraciones escritas en arameo antiguo?
—Sí, ¿qué hago con ellas?
—Pégalas en las aberturas, en las puertas y en las ventanas, con el lado que tiene la oración hacia el exterior. Esas hojas contienen una energía protectora. ¡Hazlo ya! Voy para ahí.
—Bien.

Leonardo escuchó que cortaron. Al pensar que podría andar otro demonio por allí salió corriendo rumbo a su escritorio. Buscó apresuradamente entre todos los papeles que tenía.

—¿Dónde los puse? Estaba seguro que fue aquí —murmuró mientras apartaba papeles.

Sonrió al hallarlos y enseguida salió disparado hacia la puerta. Allí se dio cuenta de que no tenía cómo pegar las hojas. Volvió corriendo al escritorio. Sabía que tenía goma de pegar pero no recordaba dónde. Sacó los cajones para revisar mejor. Encontró una cinta adhesiva. “Esto tiene que servir”. La tormenta ahora parecía que quería levantar el techo de la casa, lo que lo hizo mirar hacia arriba. Pensó que no podía dejar que la tormenta lo distrajera. Al atravesar apresuradamente la sala, creyó ver por el rabillo del ojo que alguien cruzó frente a la ventana. Quedó expectante un momento pero no vio mas nada. Decidió poner primero uno en la ventana. Colocó un trozo de cinta en cada esquina y comprobó que la hoja quedó firme. Después corrió las cortinas. Siguió con la puerta. En su apuro había aplastado la punta de la cinta en el rollo, y al querer pegar la hoja no la encontraba. Ahora creyó escuchar pasos al lado de la puerta, en un instante donde no había estallado ningún trueno. Ya desesperado, pudo sacar la punta de la cinta aunque casi se quebró una uña. Cuando estuvo listo corrió hacia la cocina. Siguió con las ventanas de los cuartos, y cuando colocó el papel en la última exhaló aliviado.

Si su tío le había dicho que las hojas iban a funcionar, así sería, y no estaba seguro de que otro demonio anduviera por allí, eso lo hizo recuperar la calma. De vuelta en la sala se quedó mirando el sillón donde se sentara aquella cosa. Nunca mas lo iba a usar. Lo apartó hacia un rincón empujándolo con el pie. A la taza la agarró con un pañuelo y la tiró en el tacho de la basura. Le daba asco pensar en la verdadera apariencia de aquella cosa.
Ya comenzaba a creer que su tío había salido a la tormenta para nada, cuando escuchó pasos en el techo. Parecía un animal grande, porque se apoyaba sobre cuatro extremidades. Pero él supo que aquello no era ningún animal; era otro demonio.

Los pasos siguieron hasta cierto punto del techo y luego se detuvieron. “Va a entrar por la chimenea”, pensó Leonardo, alarmado. Sabía que una persona no podía bajar por allí, pero un demonio seguramente sí. Lo primero que se le ocurrió fue echar mas leña, mas enseguida se dio cuenta que el fuego debía ser algo benigno para aquel ser. “El agua bendita”. Su tío siempre le llevaba frascos con agua bendita. Hasta esa noche había creído que aquella colección era inútil, y que mas inútil era tener agua bendita en varias partes de la casa; pero ahora corrió en busca de los frascos.
Los pasos en el techo enderezaron rumbo a la chimenea y se detuvieron allí. Leonardo se colocó detrás del sofá, con unos frascos casi rompiéndole los bolsillos y uno en cada mano. Esa estrategia no le gustó, necesitaba también tomar algo contundente. Tomó el atizador. Aguardó inmóvil en su improvisada trinchera. Se escucharon pasos alejándose de la chimenea. Sonaban cerca del borde de techo cuando unos rayos ocultaron el ruido con sus cañonazos. ¿Había bajado o seguía en el techo? Cada minuto le parecía larguísimo. Escuchaba mirando hacia arriba, miraba hacia la puerta, hacia la ventana, y no podía descuidar del todo la chimenea.

De pronto se apagó la luz. Ya fuera por la tormenta o porque el demonio desconectara los cables de afuera, sintió que en la oscuridad su situación se complicaba. Tomó el encendedor que tenía sobre la repisa y salió rumbo a su cuarto a buscar una linterna. Se reprochó por no prever eso. Con el atizador bajo el brazo, avanzó espantando sombras y luego buscó en su cuarto. Volvió a la sala con su nueva fuente de luz. Los fogonazos de los relámpagos atravesaban las cortinas y por un instante se combinaban con la luz inquieta que arrojaban los leños encendidos de la chimenea. En esos momentos Leonardo veía una versión distinta de su sala, pues los objetos tomaban diferentes formas según el ángulo de la luz.

Por mas que escuchó atento ya no pudo distinguir pasos entre todo el rugir de la tormenta. ¿El demonio habría desistido? “Tal vez se fue, porque si no puede entrar por las puertas ni las ventanas... ¡La ventana del baño!” Se había olvidado de poner una papel en la ventana del baño. Salió apresuradamente hacia allí pero se detuvo por el camino, y como lo hizo tan bruscamente resbaló y cayó sentado. Un demonio ya avanzaba por el pasillo. La luz de la linterna solo le sirvió para que viera una imagen espantosa. El demonio parecía una persona horriblemente mutilada que ya empezaba a descomponerse. La criatura se agachó un poco y abrió los brazos, amenazante. Leonardo se arrastró por el suelo un tramo hasta que pudo levantarse. El frasco con agua bendita que tenía en la mano había rodado en el corredor después de que se le cayera, pero tenía otros en los bolsillos. Destapó uno y lo agitó hacia adelante proyectando el líquido.

El efecto que el agua tuvo en el demonio fue similar al que el ácido sulfúrico tendría en un cuerpo humano. Pero a pesar de los surcos y huecos burbujeantes que el agua le ocasionó, el demonio continuó avanzando igual. Leonardo siguió aventándole agua mientras retrocedía. Ya estaba desesperado cuando sonaron unos golpes y unos gritos en la puerta:

—¡Leonardo, abre, soy tu tío!

Leonardo pensó que en cuando intentara abrir la puerta el demonio se le iba a abalanzar. Mas para su suerte, el ser pareció sentir mas el efecto del agua bendita y retrocedió un par de pasos. Eso le dio la oportunidad de abrir la puerta.
Alberto entró justo cuando explotaron una seguidilla de rayos, y estos hicieron su entrada mas dramática, pues su sombra se agigantó en diferentes partes de la sala, mientras su figura se recortó en una luz blanca. El exorcista avanzó gritando unas oraciones y con un brazo adelantado que mostraba un libro. Sus palabras sonaban entre estruendo y estruendo y parecían tener casi el mismo poder. El demonio retrocedió inmediatamente. Se alejó dejando en su camino un líquido asqueroso que emanaba de las heridas causadas por el poder del agua. El exorcista avanzó, y Leonardo fue tras él. El demonio se retiró por la misma ventana que usara para ingresar a la casa. Enseguida sellaron esa ventana con uno de los papeles. El viejo vino preparado. Sacó unas velas de un bolso y las encendió sobre la repisa de la chimenea.

—Tío, no sabe la alegría que me da verle le expresó Leonardo.
—Y yo estoy alegre por llegar a tiempo. Nunca me hubiera perdonado si te pasaba algo.
—¡Esos demonios! Por un momento estuve seguro de que sería mi fin. ¿Será que este vuelve? —dudó Leonardo, y giró la cabeza hacia la ventana.
—No volverá, ya estaba muy mal. Te habías encargado muy bien de él.
—Pero si usted no llegaba ahora...
—Pero llegué. No hay que preocuparse por lo que no pasó. Ahora solo resta esperar que pase esta horrible tormenta.

Tío y sobrino quedaron expectantes, con sus sombras meciéndose en las paredes. Poco rato después la tormenta empezó a perder impulso y la calma se fue imponiendo de a poco. Hasta la luz eléctrica volvió cuando la tempestad pasó del todo. A Leonardo lo sorprendió eso, porque creía mas probable que el demonio hubiera arrancado los cables.
Ya comenzaba a amanecer cuando el viejo se levantó de su asiento y se llevó una mano a la espalda, como si esta le doliera un poco:

—Bueno, sobrino, salimos de esta. Y te aseguro que no vas a tener mas problemas como este. Me voy a llevar la reliquia para que ya no vuelvan a molestarte. Te aseguro que, aunque te preparé, fue solo por precaución, no creía que estarías corriendo algún riesgo por tener eso aquí.
—Lo sé, pero, ¿está seguro de que se la quiere llevar? ¿Dónde la va a dejar? Espero que no la guarde usted. Ya está viejo... Yo puedo esconderla en algún lado o algo, y prepararme mas.
—Viejo y todo, ya viste que todavía me desenvuelvo bien, ¿no?
—Claro, me salvó. Lo decía porque no quiero que ande preocupado pensando que van a ir a buscarla.
—Muchacho, mucho mas preocupado estaría si la dejo aquí le aseguró Alberto, poniéndole una mano en el hombro—. Bien, será mejor que me marche ahora. Pon la reliquia en ese bolso.
—Está bien. Ya vuelvo.

Cuando Leonardo regresó con la maleta, el viejo ya estaba en el patio, contemplando su alrededor. Se tocaba la espalda, medio arqueado hacia adelante.

—¿Está bien, tío? Si quiere déjela aquí por un tiempo. —insistió Leonardo.
—Estoy cansado nada mas. Ya te dije, no estaría tranquilo si la dejo aquí ahora que se que es peligrosa porque la quieren.
—Está bien, aunque si cambia de opinión, no dude en traerla. No soy un exorcista como usted, pero ahora que lo pienso, me desenvolví bastante bien, ¿no? Hasta reconocí a un demonio a pesar de presentarse exactamente como usted.

El viejo tomó el bolso, giró y se alejó unos pasos sin contestarle. Cuando estaba atravesando el portón del terreno se volvió hacia Leonardo:

—Lo reconociste porque solo era un demonio —le dijo—. Si se tratara del mismo Diablo, a ese no lo reconocerías ¡Jajaja! —y se alejó dando grandes pasos.


No muy lejos de allí, en un costado del camino, había un auto volcado ruedas arriba.