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jueves, 7 de agosto de 2014

El circo (última parte)

El ya inevitable enfrentamiento con el payaso y la repentina transformación de Mauro, le erizaron la piel a Diego.  Mas que una transformación, era la materialización repentina del hombre lobo sobre el cuerpo de Mauro. 
El hombre lobo le gruñó al payaso-monstruo, que tras destrozar la abertura para poder salir, se había detenido allí al ver que ahora se enfrentaba a un hombre lobo.  Después el monstruo se desplazó lateralmente, y el licántropo imitó el movimiento, como un gallo imita los amagues de un rival. Pero en aquel enfrentamiento había un tercero. Diego, con una linterna en cada mano, apuntó hacia la cabeza del payaso y las encendió. La reacción fue inmediata; el payaso ladeó la cara y se cubrió el rostro con el brazo, aunque el brazo también echó humo ante aquella luz. 
En ese instante Mauro dio un salto impresionante hacia el payaso. Diego, rápido de reflejos, desvió la luz hacia otro lado, y cuando el payaso descubrió su rostro volteando hacia ellos, una mano-garra lo golpeó con fuerza. Cuatro surcos inmensos aparecieron en la cara del payaso. Este lanzó un grito de furia, y al volverse hacia Mauro, que le había ganado la espalda, quedó vulnerable a la luz ultravioleta de las linternas de Diego, y ahora la descomunal espalda echó humo como si estuviera por incendiarse.    
El monstruo giró con tanta rapidez hacia Diego que este se vio sorprendido; una mano enorme se levantó sobre él, pero el golpe nunca llegó, porque el licántropo saltó sobre la espalda del payaso en ese momento, y con el frenesí de una fiera rabiosa las garras empezaron a hacer estragos en la cabeza del descomunal monstruo. 

Ahora el payaso giraba y se movía de un lado al otro para librarse del hombre lobo.    Diego hacía lo suyo, enfocando la parte baja del monstruo y el abultado abdomen cuando este quedaba a tiro. 
Como no podía alcanzar a Mauro con sus monstruosas manos el payaso pensó en otro modo. Corrió hacia uno de los muros de la casa y giró el cuerpo a último momento, para que fuera Mauro el primero en recibir el golpe de la embestida. La pared se destrozó con el golpe, casi como si una bola de demolición la hubiera chocado. Por esa acción ambos cayeron dentro de la casa, que a esa altura se mantenía en pie a duras penas.  Diego corrió hacia la nube de polvo que se levantaba en torno al agujero de la pared. Se detuvo bruscamente al ver que el payaso iba emergiendo de los escombros y el polvo.  El monstruo tenía la cara toda rayada de arañazos, y de un ojo medio cerrado le chorreaba un líquido blanco. 
A medida que Diego comenzó a retroceder, el payaso empezó a reírse malignamente.  Aunque lo quemara con la luz, eso no iba a evitar que el payaso se abalanzara hacia él, y con solo un manotazo de aquel coloso sería suficiente; eso si no lo atrapaba y cumplía sus amenazas de comerlo empezando por los pies. 
El payaso avanzó lentamente, seguro de su triunfo, pero un proyectil grande voló desde el interior de la casa surcando el aire con gran rapidez y chocó con fuerza contra la cabeza del payaso.  El objeto era un trozo de pared. El impacto fue tan fuerte que el payaso trastabilló hacia un lado hasta que cayó. 
Mauro salió de entre el polvo de un salto y se plantó en el patio, listo para seguir luchando. 

El payaso se levantó con una rapidez asombrosa para su volumen, y estaba ahora mas enojado todavía. 
Mauro le saltó, pero esta vez fue interceptado por un manotazo que lo hizo caer. Cuando el payaso quiso propinar un segundo golpe, Mauro rodó por el suelo, y mas rápido que su adversario le barrió una pierna con una patada circular; el payaso cayó con estrépito.    Esta vez no se levantó tan rápido, y cuando lo estaba haciendo, Mauro saltó con una rodilla hacia adelante, impactando con esta la cabeza de monstruo, lo que volvió a tumbarlo. 
Ahora el payaso lanzaba gritos de frustración. Era mas fuerte pero no podía atrapar a Mauro, que además de su fuerza de hombre lobo, era hábil en artes marciales. Siguió demostrando su habilidad al empuñar los dos cuchillos que tenía en la cintura.  Mas los tajos que le abría al monstruo volvían a cerrar inmediatamente; solo sus garras afectaban al payaso.  
Al ver lo desparejo que eran los tamaños de los rivales, se supondría que el payaso podría terminar el asunto de un manotazo, pero aunque alcanzó mas de una vez a Mauro, este no parecía muy afectado, pero por otro lado, sus ataques no parecían lo suficientemente fuertes como para acabar con el monstruo.   Con todo, Diego, que continuaba quemando al gigante con las linternas, ya estaba empezando a confiar en que Mauro lo iba a derrotar, pero de pronto este volvió a ser un hombre. “El amanecer”, pensó Mauro. El payaso-monstruo también había sentido algo. Dejó de atacar y empezó a retroceder hacia la arboleda. 

- Creo que vamos a tener que suspender nuestro asunto por ahora -les dijo el payaso-. Pero no crean que se han salvado de mí ¡Jajaja! -y dándoles la espalda emprendió la retirada por la arboleda. 
- Es el amanecer -le dijo Mauro a Diego-. Ya está cerca, el engendro ese va a buscar un refugio. 
- ¡La carpa! -exclamó Diego. 

Mauro tomó una de las linternas y los dos salieron tras el payaso. Estaban por alcanzarlo cuando notaron un gran resplandor mas adelante. Era la carpa que ardía con fuerza. Enormes lenguas de fuego buscaban el cielo entre el humo, y la carpa comenzaba a hundirse sobre si misma, y las llamas la abrasaban mas. La luz del incendio creaba sombras temblorosas y larguísimas en la arboleda. 
El payaso giró hacia Mauro y Diego: 

- ¡Ustedes, fueron ustedes! ¡Eran tres sabandijas! ¡Me las van a pagar! 

Ahora los pasos del payaso eran inseguros, temblaban, y su cuerpo de tonel se estaba ablandando mas. 
Las luces de las linternas lo hicieron humear, pero él seguía. Diego y Mauro iban retrocediendo. La cara del payaso empezaba a lucir todavía mas aterradora, porque sus ojos emitían un odio mas profundo, y se le formaban pliegues por todo el rostro; se estaba desbaratando. 
De pronto escucharon unos pasos que corrían hacia ellos: era Willy, él había incendiado la carpa. Al sumar su linterna el efecto fue mas devastador en el monstruo, y este empezó a retroceder al tiempo que emitía varios tipos de chillidos y gemidos. 
La luz del día crecía en el horizonte, y de pronto el Sol asomó su corona de fuego sobre los campos, y aquella claridad llegó hasta la arboleda, incendiando enseguida al monstruo, que tras lanzar un último grito, comenzó a convertirse en una enorme cosa babosa que las llamas consumían. 

- ¡Vete al infierno de donde viniste! ¡Maldito monstruo! -le gritó Diego-. ¡Eso fue por mi tío, y nuestro perro! ¡Maldito monstruo!
- Eso es, desahógate -le dijo Mauro, poniéndole una mano en el hombro. 
- Lo destruimos -dijo Willy-. Es hora de partir. Pronto vendrán los policías. Tuvimos suerte de que todavía no lo han hecho. Allí adelante el payaso eliminó a varios oficiales. Diego, ¿Qué piensas hacer? Cuando Mauro y yo nos vayamos, aquí va a quedar mucho para explicar. Los cuerpos de los vampiros que dejamos en tu terreno, por recién haberse transformado, no se desintegran con la plata, y tampoco los va a afectar el Sol ahora. Si fueran vampiros mas viejos sería otra la situación, no quedaría nada. 
- Yo… no sé qué hacer. Ahora estoy solo, ya no tengo parientes. 
- Ven con nosotros entonces -lo invitó Mauro-. Muchacho, tienes coraje, y no nos vendría mal otro compañero. ¿Qué dices? 
- ¿Cazar monstruos con ustedes? Ahora que lo pienso, si hay mas monstruos, quiero exterminarlos también. 
- Y los hay -afirmó Willy. Tenemos que irnos. Creo que ya escucho sirenas. 

Y los tres corrieron por la arboleda. Diego miró sobre su hombro y vio la casa de su tío “Adiós viejo hogar. Adiós Gerardo, adiós Ringo, adiós a todos los que ya no están. Me voy a alejar pero siempre estarán en mi corazón”, pensó Diego. 
Alcanzaron un campo, un sendero, y un poco mas allá estaba la camioneta. Salieron a la ruta. 
Willy iba conduciendo. Ninguno hablaba, solo pensaban en lo ocurrido. Muchos kilómetros después Willy cortó el silencio: 

- Mauro, ¿no te resulta extraño que los vampiros del circo hayan matado a tantos? Normalmente son mas cautelosos. 
- Sí, me pareció extraño. Demasiado osados. 
- Bueno, yo no tengo experiencia en asuntos así -dijo Diego-, pero también me sorprende que ataquen a tantos de una vez ¿No tendrían que ser mas cuidadosos para que no los descubran? 
- Normalmente lo son -le respondió Willy-. Pero últimamente parece que todo está empeorando. Hemos tenido bastante trabajo. 
- Ya que tocamos el tema -comentó Mauro-, en esta Luna sentí algo extraño; estoy mas fuerte todavía, y no solo de noche. Pareciera que la energía que me transforma fuera mas fuerte. Lo malo de esto sería que todas las criaturas y fenómenos sobrenaturales también se estuvieran fortaleciendo, y creo que es así. Algo está cambiando, y rápido. 

Los tres volvieron a sumirse en sus pensamientos. El día había amanecido rojizo, y ya avanzada la mañana permanecía así. La camioneta subía y bajaba las ondulaciones de la ruta, y así se perdió tras una loma de horizonte rojizo. 




martes, 29 de julio de 2014

El circo (novena parte)

El enorme monstruo que imitaba la apariencia de un payaso avanzaba pesadamente entre los árboles. Esperaban que llegara en cualquier momento, pero de todas formas el asombro no fue poco, y se impresionó mas Diego, porque era la primera vez que lo veía. Y ahora aquel ser lucía mas aterrador que en el circo, pues ya no le interesaba ocultar su verdadera naturaleza, solo quería aterrar y matar al que acabara con su circo, y a todo el que se interpusiera en su camino. 
El ser los vio y empezó a emitir una risita macabra que se desparramó con fuerza por toda la arboleda. 

- ¡Entremos! -dijo Mauro, y los tres se precipitaron hacia la casa. 

Cuando miraron por la ventana, el payaso ya estaba en el patio.  Diego sintió que se le erizaba la piel. 
El ser tenía una cabeza enorme, proporcionada con la grotesca anchura de su cuerpo, y una papada fofa se agitaba como gelatina sobre sus hombros y sobre el pecho. Medía fácilmente unos tres metros y medio de altura. Su boca descomunal era un hueco plagado de un desorden de dientes retorcidos, y una lengua asquerosa y renegrida se agitaba con la risa espeluznante de aquel monstruo.  La nariz, roja y enorme, se inflaba y arrugaba como si la bestia estuviera respirando, y por los agujeros que tenía por orificios nasales, escurría un líquido negruzco que le chorreaba hasta la boca. La piel del rostro era blanca, los ojos, rojos, y el monstruo era completamente clavo, con prominentes arrugas en la cabeza. 
Unos disparos lo hicieron estremecer a Diego, entonces reaccionó y disparó también. 
Como suponía Willy y Mauro, las balas no tuvieron efecto en aquel cuerpo de tonel. Ni siquiera le estaban agujereando la ropa, porque esta era parte de su piel, y aquella “carne” no venía de este mundo.  Le apuntaron a la cara pero sin obtener resultados. Era peor de lo que pensaban los cazadores de monstruos, los disparos ni parecían incomodarlo, solo aumentaron la risa del monstruo hasta volverla carcajada. 

La carcajada ahora era tan potente que les resonaba en el cuerpo, así como se siente el rugido de un león.  En ese punto el payaso se había detenido en el patio, y con un gesto de la mano los desafiaba a que le dispararan. Así se divertía aquel ser. Quería demostrarles que no podían lastimarlo. Después normalmente venía el terror, sus víctimas huían despavoridas, y comenzaba lo mas divertido para él: las personas aterradas le sabían mas deliciosas.  Pero ahora se estaba enfrentando a otro tipo de gente. 

- Probemos con las linternas -dijo Willy. 

Por entre las maderas de la ventana solo podían proyectar unos haces de luz ultravioleta, no todo el rayo, pero fueron suficientes para hacer reaccionar al payaso, que al primer contacto con la luz empezó a echar algo de humo y cambió la carcajada por un grito de dolor.  
La luz lo hizo retroceder hasta los árboles, y desde allí empezó a gritarles con una voz aguda y ronca pero potente: 

- ¡Malditos sean! ¡Voy a empezar a comerlos por los pies! ¡Voy a succionar sus tripas cuando aún estén vivos! ¡Malditos! -y después siguió hablando pero en un idioma que les era incomprensible. 
- Parece que se enojó -comentó Willy-. Mauro, ¿cuánto falta para el amanecer? 
- Un buen rato. La noche todavía está con toda su fuerza -le contestó Mauro, sin mirar su reloj. 

Esto le resultó raro a Diego; Mauro parecía sentir la noche, y también estaban los gruñidos que emitía al pelear. No sospechaba algo malo, acababa de conocerlos pero ya confiaba en aquellos hombres.
Ahora sabía que existían los vampiros, que había otro tipo de monstruos… solo podía suponer qué mas habría, y lo que fuera ya no lo iba a sorprender, creía él.    Las historias de hombres lobo nunca le habían resultado muy disparatadas o improbables.  Pensó brevemente en eso mientras observaba a Mauro; este, aunque sentía la mirada de Diego, no dejaba de vigilar al payaso-monstruo. 

- Eso no va a detener a ese monstruo -opinó Mauro-. ¿Entraré en acción ahora? 
- Mejor espera un poco mas, amigo -le dijo Willy-. Ahora que somos tres se me está ocurriendo un plan, pero hay que entretenerlo mas. Si se nos viene muy encima, sí, muéstrale quién eres. 
- ¿Y quién es? -les preguntó Diego-. O mas bien, ¿qué es? ¿Un hombre lobo? 
- ¡Vaya! Este sí que es astuto -opinó Willy, refiriéndose a Diego. 
- Soy un hombre, que puede convertirse en hombre lobo, sí. Mas no soy un monstruo como ese. Cuando me transformo, aquí -Mauro tocó su cabeza con la mano-, sigo siendo yo, no pierdo la conciencia ni nada. ¿Entiendes? 
- Entiendo y me alegra saberlo, porque empezaba a creer que ese monstruo era mucho para nosotros. 

Mientras tanto, el payaso calculaba desde los árboles. Ahora tenía que ser mas prudente y atacar por otro lado, tenía que sorprenderlos, y tenía los poderes para hacerlo. El payaso aterrador sonrió asquerosamente. 
De repente, los vampiros que yacían en el patio se fueron irguiendo, mas había algo extraño en sus movimientos; parecía que una fuerza invisible los levantaba. Al incorporarse del todo los brazos se les quedaban meciendo, flácidos. 

- ¡No puede ser! -gritó Mauro. 
- Lo veo y no lo creo -dijo Willy. Por lo que él sabía, los vampiros no podían revivir de nuevo una vez exterminados. 

Todos los del patio se habían levantado y caminaban tambaleantes hacia la casa, como zombies. 

- No revivieron -dijo Diego-. Son como títeres, no se mueven por su cuenta. Mírenlos bien. 
- Tienes razón -afirmó Mauro-. Debe ser cosa del payaso… 

Cuando miró hacia los árboles, el payaso ya no estaba. 

- ¡Fue una distracción! -gritó Willy. 

Los vampiros cayeron al suelo todos a la vez. Un instante después escucharon un golpe fuertísimo en la cocina, como una explosión. 
El payaso había derrumbado la puerta y gran parte de la pared de un golpe, y ya entraba a la casa. 

- ¡Entró! -exclamó Willy-. Mauro, ahora sí vas a tener que enfrentarlo. Yo los voy a dejar por un momento. Trataré de volver cuanto antes. Tengo un plan, pero no hay tiempo para explicaciones. 
- Vete, nosotros nos encargamos, ¿o prefieres ir con él, Diego? -le preguntó Mauro.
- Me quedo. Nunca me gustaron los payasos. 

Cuando el monstruo atravesaba la cocina, rompiendo todo a su paso, Willy salió por la puerta del frente.  Toda la casa temblaba ahora, y era como si una aplanadora intentara atravesarla. 
Mauro se quitó la mochila y comenzó a sacarse también el abrigo, y le dio instrucciones a Diego: 

- Voy a pelear con ese engendro. Atácalo con la luz ultravioleta, manteniéndote a distancia, trata de entrar y salir enseguida. Toma mi linterna, úsalas al mismo tiempo, para intensificar la luz. No olvides que sigo siendo yo, aunque voy a lucir como un monstruo. Trata de no enfocarme con esa luz cuando esté transformado, porque me debilita. Ya viene, esperemos que llegue a la sala y salimos al patio. 
- Muy bien. A enfrentar al desgraciado. 

El payaso avanzaba encorvado. Al llegar a la sala pudo erguirse, y rió estrepitosamente. Mauro y Diego salieron al patio.  Cuando el monstruo atravesó la puerta de una embestida, volaron maderas y ladrillos por los aires. 
Mauro lo miró con fiereza y arrojó su abrigo en el suelo: 

- Apártate un poco -le dijo a Diego-. A este monstruo le gusta meterse con víctimas que no pueden defenderse. Veremos qué hace ahora, a ver si se sigue riendo. 

Y Mauro comenzó a transformarse en un hombre lobo. 

Continúa...

sábado, 26 de julio de 2014

El circo (octava parte)

A Diego no le gustó nada el nuevo giro que presentaba la situación: ¿un nuevo monstruo? Ahora que tenía dos aliados inesperados, surgía otra amenaza. ¿Acaso todo iba a seguir empeorando aquella noche? 

- Oigan, ¿cómo es el asunto de ese monstruo que dicen? ¿No es un vampiro? 
- No, de eso estamos seguros -le contestó uno de los tipos, mientras vigilaba hacia afuera. Después volteó hacia Diego-. No me había presentado; en el apuro en que nos encontramos… Me llamo Mauro.
- Diego, y realmente me alegra tenerlos de mi parte.
- Yo soy Willy -se presentó el otro, y le estrechó la mano-. Diego, es de suponer que los vampiros del circo te hicieron algo, por eso el incendio.
- Acabo de enterrar de nuevo a mi tío; lo convirtieron en vampiro.
- Lo siento. Dime, ¿viste el espectáculo de los vampiros esos?
- Parte de él, me fui temprano. 
- Entonces no viste al payaso gigante, es el que cierra la función. Al verlo la gente debe creer que usa zancos o alguna prótesis, y que casi todo su cuerpo es relleno, pero se equivocan. Como ya dijimos, no sabemos exactamente qué es, solo que no es un vampiro. Debe ser una especie de demonio, suponemos. Hemos escuchado sobre otro circo cuyos payasos no son gente, aunque tampoco eran vampiros. Esos no usaban máscaras, su cara era así. Por suerte ese circo ya no existe mas. El monstruo de este circo probablemente es de la misma especie que aquellos, aunque este es mucho mas grande. 
- ¿Un payaso gigante? -preguntó Diego, y revisó las balas que le quedaban en el revólver. Volvió a recargarlo. 
- Oh sí, un payaso aterrador -y Willy recargó también su metralleta. 

Los vampiros se movían entre los árboles, moviéndose de tronco en tronco, acechando ahora. Escudriñaban hacia la casa, emitían una especie de chillido, comunicándose, y evaluaban el ataque. Podría decirse que se volvían mas listos, aunque su humanidad se había desvanecido; el que pensaba era el monstruo. 

- ¿Cómo pudo sobrevivir al incendio? -siguió indagando Diego. 
- Debe ser porque ese desgraciado no se encontraba en ningún remolque, estaba en la carpa, y esta no se incendió. Seguramente debe saber que fuiste tú; esos monstruos tienen algunos poderes. Si no ha venido todavía es porque se estaba divirtiendo, masacrando a los policías que vigilaban el lugar tras el incendio. Íbamos a ayudarlos, pero cuando rodeamos el terreno yendo por esta arboleda, vimos a estos vampiros y la luz de tu casa. Los policías ya estaban perdidos.     De haberse quemado también la carpa el Sol hubiera destruido a ese monstruo.   Diego, si quieres huir mejor hazlo ahora. Los vampiros ya vienen pero te cubriremos. 
- ¿Huir? Esos desgraciados invadieron esta propiedad y mataron al único pariente que me quedaba, y a nuestro perro. No, huir no. Me quedo aquí. Hace un momento creí que era el fin, y ahora tengo una nueva oportunidad para liquidar a esas cosas. 
- Así se habla -dijo Mauro-. Te comprendo perfectamente. A mí también me motivó la venganza. 
- Bien, tu ayuda no nos viene nada mal -le aseguró Willy-. Hasta ahora fuiste muy bueno exterminando vampiros. ¿Cómo estás de balas de plata? 
- Me queda un montón. 
- Excelente. Toma esto -Willy sacó una linterna de su mochila -. Es una linterna de luz ultravioleta. Creo que va a ser nuestra mejor arma contra el payaso. Las balas de plata no deben tener el efecto que tienen en los vampiros, pero por lo menos lo molestarán. 
- ¿Ustedes andaban tras los de este circo nomás, o cazar vampiros es una especie de trabajo para ustedes? 
- Mas bien sería como un deporte extremo ¡Jeje! Y también es una misión. Y cazamos también a otros monstruos. Nos hemos topado también con algunos hombres lobo, ¿verdad Mauro? 
- Con algunos, sí -comentó Mauro, sonriendo. 

Los vampiros se decidieron y atacaron. Entre las maderas que tapiaban las ventanas surgieron unos fogonazos, y los que fueron mas osados cayeron.  Algunos corrían alrededor de la casa, no ofreciendo un blanco fácil. 

- Vamos a tener que salir -propuso Mauro, evaluando la situación por la ventana. 
- Opino lo mismo -dijo Willy-. Tenemos que liquidarlos lo antes posible, porque en cualquier momento puede sumarse el payaso, y ahí la cosa se va a poner mas fea para nosotros. Diego, tenemos que luchar espalda con espalda ahí afuera. Van a rodearnos, a intentar que nos separemos, pero hay que mantenerse firme. Si ves que es mucho para ti, quédate adentro.
- Los acompaño. 
- Pero tienes que confiar en nosotros, y hacer lo que te digamos, no puedes paralizarte o dudar, ¿bien? 
- Hagámoslo. 
- Yo salgo primero -les dijo Mauro. Empuñaba un revólver en la zurda y un cuchillo en la derecha.

Salieron por el frente de la casa, por donde había mas patio. Los vampiros empezaron a rodearlos. 

- Todavía no dispares ni enciendas la linterna -le indicó Willy a diego-. Tiene que venir todos. Aguanta… todavía no, que vengan todos… 

Los vampiros los rodeaban y avanzaban agazapados, mostrando los dientes, amagando embestidas. 
Cuando el círculo que formaron se iba cerrando mas sobre los tres hombres, Willy gritó “¡Ahora!”, y se desató la balacera.  Los monstruos se movían muy rápido, pero al ser iluminados por las linternas ultravioletas caían o se detenían como su la luz los golpeara, e inmediatamente echaban humo por todo el cuerpo y gritaban horriblemente; y en ese momento venían los balazos.  
Fue un momento caótico, vertiginoso y rápido.  Cuando quedaban solo tres vampiros, Mauro de pronto se apartó de sus compañeros de lucha y los atacó solo. 
Diego nuevamente se sorprendió con la agilidad y evidente fuerza de Mauro, y de nuevo lo escuchó gruñir.   Willy bajó el arma y contempló con una sonrisa como su compañero despachaba a los últimos vampiros. Evidentemente confiaba en la habilidad de este. 
Lo habían logrado, pero estaba por comenzar otro enfrentamiento. 
Diego y Willy se acercaron a Mauro. Diego iba a hacer un comentario sobre su habilidad, pero Mauro volteó de pronto hacia la arboleda y les dijo, señalando un rumbo con el brazo: 

- Ahí viene el payaso gigante. 

Cuando buscaron con la vista entre los árboles, resaltó la figura obesa y gigantesca del payaso. Iba rumbo a ellos. 

Continúa...



martes, 22 de julio de 2014

El circo (séptima parte)

Apenas tuvo tiempo para cerrar la puerta y trancarla con una silla antes de que los vampiros chocaran contra ella. La puerta resistió a duras penas, pero no sería por mucho mas.  Diego fue hasta la ventana, que era una de las que habían tapiado con madera, y apuntando por entre la separación que dejaron entre las maderas, empezó a dispararles para que salieran de allí.  
En un primer momento fue fácil atinarles, y dejó tendidos a cuatro, mas en seguida los otros dieron unos saltos enormes y se apartaron.  Volvieron a arremeter buscando otras entradas. Lo iban a atacar por todos lados. Unos fueron por un lado de la casa y un grupo por el otro lado, algunos saltaron hacia el techo.   Diego corrió hacia la sala; ya estaban metiendo las manos entre las maderas de la ventana para arrancarlas. Tuvo que hacer varios disparos para que se alejaran de aquella abertura. 
Los vampiros iban probando todos los posibles lugares por donde entrar. Se escuchó que rompieron el vidrio de la ventana del baño. Cuando Diego llegó corriendo, un vampiro había logrado meterse hasta los hombros. La bestia lo miró y le mostró los dientes. El disparo fue en la cabeza; el vampiro aflojó los brazos y después cayó hacia afuera. 
La situación empeoraba a cada instante. Chocaban ahora contra la puerta de la sala, y unos pasos larguísimos pasaban por el techo. 

Mientras daba unas zancadas hacia la sala, Diego pensó en la enorme voluntad que debía tener su tío, porque era evidente que había resistido mucho mas tiempo el hambre que los otros, que aunque recién se habían “levantado” era obvio que ya no razonaban, pues aquel hambre los transformaba en monstruos.  Gerardo, tras salir del cementerio, caminó varios kilómetros por las afueras de la ciudad rumbo a su casa, y al llegar a ella recordó donde estaba la llave que escondía afuera, porque había abierto y cerrado la puerta con ella.  Darse cuenta de eso le dio mas fuerzas a Diego; iba a vender muy cara su vida.  Corría de un lado para el otro; los alejaba a tiros de la puerta, los vampiros iban hacia la ventana, o probaban en la del fondo, y no podía descuidar el baño. En cualquier momento iban a entrar. Mas, cuando ya se creía perdido, empezaron a sonar disparos afuera. Era una metralleta. Algunas balas chocaban contra las paredes, pero la mayoría impactaban en los vampiros, y estos quedaban tirados. ¿Sería la policía? Diego dedujo que tal vez eran los policías que habían quedado custodiando la escena del circo. Al mirar por entre las maderas, algunos vampiros estaban tirados en el suelo, y eran mas de los que él había liquidado. “¿Será que cualquier bala sirve para matarlos?”, pensó. Como fuera, ahora su situación ya no era tan desfavorable. 

Por el ruido, dedujo que los tiradores que lo ayudaban desde afuera eran dos. Los fogonazos salían del costado de unos árboles. Él hacía su parte desde adentro, liquidando a todo vampiro que se pusiera a tiro. 
Al disminuir la cantidad de vampiros, los que quedaban se replegaron hacia el fondo. En ese momento dos siluetas salieron de las sombras de los árboles y corrieron rápidamente hacia la casa. Un vampiro rezagado les salió al cruce. Uno de ellos desenvainó dos cuchillos relucientes y, demostrando gran habilidad lo despachó en pocos movimientos. Lo curioso fue que, mientras hizo aquello gruño como un perro. Diego lo vio todo. ¿Quiénes eran aquellos tipos? Cuando se acercaron mas los reconoció: los vio por la tarde, entre los curiosos que miraban el incendio, eran los que parecían observar todo detalladamente, y tenían aspecto de militares. ¿El tipo había gruñido? 
Al pasar frente a la casa uno de ellos preguntó:

- ¿¡Hay alguien ahí!? 
- ¡Sí! ¿Quieren entrar? 
- ¡Sí! ¡Ya se están agrupando y van a atacar de nuevo!
- ¡Vengan por el frente!

Cuando Diego les abrió, la puerta estaba toda floja por los golpes de los vampiros. Apenas pasaron, los extraños sacaron unos recipientes cilíndricos que llevaban en los cinturones y se pusieron a rociar algo en la puerta y en la ventana. Por el olor se deducía que era un concentrado de ajo. Evidentemente sabían de los vampiros. Estaban vestidos como para ir a la guerra, y cada uno tenía una mochila, estaban preparados. 

- Gracias, me salvaron -les dijo Diego. 
- Por ahora -le aseguró uno de ellos-. Tenemos que liquidar rápido a esos vampiros antes de que venga aquel maldito monstruo -y espió por la ventana.
- ¿Crees que vendrá hacia aquí? -le preguntó el otro tipo a su compañero-. Ya es algo tarde. 
- Depende. Oye, muchacho -se dirigió ahora a Diego. El sujeto guardó el recipiente con concentrado de ajo y recargó su metralleta. -, contesta sinceramente, ¿tú incendiaste los remolques del circo? 
- Sí, fui yo. 
- Entonces va a venir. 
- ¿Quién va a venir? -preguntó Diego. 
- El monstruo principal de circo. No sabemos bien qué es. 

Continúa…